miércoles, 18 de marzo de 2009

¿Maradona o Riquelmne?

… políticos, médicos, abogados, economistas, amas y amos de casa, sanadores, docentes, ingenieros, escritores, deportistas, productores…

¡Cuanta gente capaz vemos a nuestro alrededor! La mayoría, además, con buenas intenciones.

Las semillas para que florezca una nueva civilización están disponibles; no hay duda de ello. Más, evidentemente, el terreno no es fértil para que estas semillas florezcan… ¿Por qué?

Conocimiento no es sabiduría. La nuestra es una comunidad planetaria que se edifica en el conocimiento, el cual se ha vuelto un fin en si mismo. El progreso se identifica con el avance del conocimiento y la aplicación del mismo para generar rentabilidad que acompañe nuevas innovaciones.

No es intención hacer un juicio de valor sobre el conocimiento; no es ni bueno ni malo, tan solo es un atributo y una herramienta a disposición del ser humano. Simplemente, buscamos una apertura a una visión más amplia que promueva un grado de conciencia que nos permita preguntarnos cuando el avance del conocimiento se manifiesta en una evolución de la especie humana, facilitándonos una vida más plena, y cuando nos termina esclavizando aún más en una carrera cuyo propósito nadie conoce.

Buenas intenciones no necesariamente equivalen al amor. ¿Podemos hablar acaso de progreso en una sociedad donde, especialmente en la política, el amor es visto como un tema de meditación de los idealistas? Considerando además, que “idealista” es casi un insulto en el mundo de hoy.

Las buenas intenciones son un esfuerzo vano y vacío de frutos cuando emergen desde un estado de conciencia donde no hay amor. El verdadero espíritu de la nueva civilización brillará intenso en nuestras vidas cuando el ejercicio de la política, el derecho, la economía, la educación, la medicina… sean una suceción de actos de amor sin causa y sin condiciones.

Para que los lectores entiendan, y que podamos ver la diferencia entre nuestro estado actual y el estado deseado, hagamos un paralelo con el presente político; tomemos Argentina como ejemplo.

La fuerza gobernante en la ciudad de Buenos Aires adelanta las elecciones. Sostienen que es para mejorar la calidad institucional; en realidad, se puede leer que buscan tener mejores posibilidades de ganar en las mismas.

El gobierno nacional reacciona rápidamente e iguala las fechas de las elecciones en todo el país, adelantándolas también y neutralizando la jugada anterior de la fuerza opositora. Alegan que tantos meses de campaña electoral en medio de una crisis como la que vivimos, le hace muy mal al país; aquí podemos apreciar que buscan retener la mayor porción de poder posible.

En esta cadena de actos especulativos, legales por cierto, la política ha perdido de vista su propósito: organizar la vida social y, sobre todo, transformar la vida de la gente ayudándola a que alcance la felicidad; en cambio, ha pasado a honrar los intereses de unos pocos y a legitimar viejas prácticas que avalan que la búsqueda de la suma del poder público es un estilo normal y aceptable.

Esto no es más que una manifestación del sufrimiento de quienes nos gobiernan, un fruto del miedo, una guerra entre argentinos donde unos viven y los otros tienen permiso para hacerlo con las migajas de aquellos. Es como Maradona o Riquelme. Banderas a favor de uno o cánticos a favor del otro; no nos damos cuenta que, con nuestras actitudes, profundizamos el conflicto y perdemos todos. Nuestro compromiso saludable debería ser con un espíritu conciliatorio: Maradona y Riquelme.

Y así, gobernando con ánimo futbolero, Argentina se sigue hundiendo, mirando de lejos la calidad institucional, la seguridad jurídica y un presente que nos quiere volver a saquear la esperanza de un futuro.

Creo que es el momento de asumir que tenemos una dirigencia política miserable y que esta no es, ni más ni menos, que el reflejo de nuestra condición colectiva. En vez de levantar la guardia y negar la situación defendiéndonos, sería mejor aceptarlo, comenzando justamente desde allí el viaje hacia esa Argentina que todos soñamos y que ahora estamos dispuestos a construir.

Conocimiento y Sabiduría. Amor y Buenas Intenciones. Calidad Institucional como manifestación de un espacio maduro donde, celebrando las diferencias, podamos construir todos juntos con coherencia y dirección. ¿Quién dijo que tenemos que abrazar un extremo de la polaridad y descartar el otro? ¿Por qué no empezamos a considerar con entusiasmo el camino del medio donde cada cual puede aportar lo mejor de sí?

Tal vez muchos piensen que en tiempos de crisis y desafíos como los actuales, no podemos darnos el lujo de plantearnos una visión espiritual de la construcción social; en realidad, tenemos que aceptar que esta situación es producto de haber postergado algo tan importante como esto. Todo este tiempo, el burro ha estado montado sobre nosotros; es hora de poner las cosas en su lugar.

Una Argentina y un planeta que valgan la pena ser vividos, puede ser edificados únicamente sobre los cimientos del AMOR del cual surge naturalmente la SABIDURIA; en este punto de realización, es cuando el conocimiento y las buenas intenciones cobran verdadero sentido para cumplir su propósito más elevado.

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