martes, 21 de abril de 2009

Los Kung: Sentido del Humor, Antídoto de la Violencia

Hoy día todos los pueblos que existen sobre la faz de la tierra conocen la violencia; ya es una quimera encontrar uno que la desconozca y, en base a su experiencia con vivencial, podamos estudiar el por qué existe de una manera tan generalizada en todas nuestras naciones. Sin embargo, hasta la década de los años 60 existió en África un pueblo, los kung (que pertenecía a los san), entre cuyas comunidades la violencia no era una práctica habitual ni consentida. No es que la desconocieran, porque, en las situaciones en que hacía falta, iban a la guerra, pero no la permitían en su vida diaria.

Cuando los europeos se dividieron de una forma bastante arbitraria África, en el afán colonizador que les permitiría obtener materias primas para su desarrollo industrial, la zona de los san le correspondió en suerte a los holandeses. Éstos los denominaron como “bosquimanos”, que es una traducción literal de la palabra malaya “orangután”, es decir, que los consideraron como animales, por los que les dieron caza para exhibirlos en las ferias o como trofeos de caza, e incluso para comérselos, hasta que en la mencionada década de los años sesenta varias expediciones científicas dejaron fuera de toda duda que los san eran humanos, llevándose la sorpresa de encontrarse con una sociedad en la que los usos violentos no existían gracias a una organización de la convivencia que hacía perfectamente las veces de terapia preventiva.

¿Por qué era así? Voy primero a bosquejar la convivencia que se pudo observar entre los kung, en cuanto se refiere a las actividades de mujeres, hombres y a la educación infantil.

Las mujeres se ocupaban de la recolección y de sus hijos, hasta que alcanzaban la edad de 3 ó 4 años. La recolección la practicaban con unos bastones especialmente indicados para extraer del suelo las raíces y los tubérculos comestibles, que transportaban en unas bolsas de cuero ablandado con saliva, en las que también llevaban a su hijo. Porque solían tener un solo hijo, al que amamantaban hasta los 3 ó 4 años de edad, con lo cual evitaban la ovulación y quedarse de nuevo embarazadas, así como sobrecargar su bolsa de cuero con una cantidad de niños con la que no podrían cargar.

Las mujeres aportaban, gracias a la recolección, las dos terceras partes de la comida a la tribu. El tercio restante lo aportaban los hombres, que practicaban la caza con sus arcos y flechas envenenadas y con un mazo. La caza, que supone el riesgo continuado de caer en la contienda, siempre ha requerido de una agresividad no desdeñable, que mal encauzada podía llevar a la violencia social en cuanto el cazador reclamase un estatus de privilegio, como era el uso en otras tribus. Esto lo evitaron los kung de una forma radical, pues, cuando los cazadores regresaban al poblado e independientemente de la cantidad de presas que hubieran obtenido, eran recibidos entre burlas y risas que se revelaron muy valiosas para dejar la agresividad a las puertas del poblado.

Los niños, cuando eran destetados, pasaban bajo el cuidado de otros niños mayores, los cuales se encargaban de su cuidado y educación, de forma que todos los miembros de un poblado kung eran útiles a la comunidad.

Pero siempre es posible que alguien reaccione agresivamente. Cuando se trata de un niño, los que están encargados de su educación reaccionan ignorándolo, haciéndole el vacío hasta que, de una forma natural y espontánea, corrige su actitud. Cuando es un adulto, el caso se trata en la asamblea de la comunidad, durante la que los demás hacen comentarios burlones de su comportamiento y todos se ríen de él, invitándolo a reírse también. Si, a pesar de todo, persistiese en su agresividad, se le invitaría a abandonar el poblado y a dirigirse a otro con cuya comunidad no tuviera problemas, donde sería bien acogido.

Otro elemento importante del sistema de control social era la disposición de las chozas. Estas eran seis, en las que vivían unas 30 personas, y su disposición era circular, con las puertas abiertas, de modo que cuanto ocurriese en su interior estuviese a la vista de todos. Esta suerte de intimidad compartida, que evitaba que nada quedase en privado, fortalecía los vínculos y las normas sociales.

La piedra angular del sistema de interrelaciones sociales, como hemos visto, era el sentido del humor, con el que afrontaban todas las situaciones conflictivas, curándolas de raíz, no a través de hacer que uno de sus miembros se sintiese en ridículo (este sentido es característico de la civilización), sino logrando que compartiese la risa y se reintegrase en la convivencia.

Es importante pararse a reflexionar sobre esto que acabo de apuntar: la sociedad kung, con una cultura tan primitiva en cuanto a medios técnicos (lo que equivale a decir no civilizada) logra una convivencia social no violenta gracias al sentido del humor; en cambio, en la medida en que las sociedades se van civilizando, se va produciendo la permuta de este sentido por el del ridículo. No voy a profundizar en esto: lo dejo como una línea de reflexión que me parece bastante prometedora, y de la que me gustaría recibir sus opiniones.

¡Ah, me preguntan qué pasó con los kung! Bueno, pues el Estado decidió civilizarlos, para lo cual le dio a cada familia una parcela de tierra y varios animales, con cuyos productos entrar en el mercado. Algunos desertaron de esa vida y regresaron al desierto del Kalahari; otros, los que se quedaron… Bueno, conocieron el alcohol y la ansiedad, porque no lograban cumplir con lo que se esperaba de ellos, dejaron de ser capaces de canalizar adecuadamente la agresividad y cayeron en las distintas formas de violencia que se pueden ejercer contra uno mismo (alcoholismo, etc.), contra la familia (maltrato a la esposa y a los hijos) y hacia otras personas…

Jesus_Sanchez_Jurado
(Artículo de Jesús Sánchez publicado originalmente en la web:
http://sinalcoholysindrogas.blogcindario.com/ donde pueden verse los cometnarios publicados)

jueves, 2 de abril de 2009

El último regalo de Raúl

En un país convulsionado por la violencia y el conflicto, tú último regalo fueron tres días de Paz y Sacralidad.

Tres días donde la vulgaridad y el cinismo han dejado lugar a la reflexión, el respeto y la fé en nosotros mismos, aquello que, más allá de tus aciertos y tus errores, has sabido encarnar como nadie, querido Presidente.

Tu gran error fué equivocarte de país... Los argentinos siempre pedimos presidentes fuertes que puedan gobernar con la prepotencia de las mayorías; nos cuesta comprender que el diálogo y la humildad son virtudes excelsas. Tal vez, desde donde ahora estás, puedas guiarnos en la construcción de ese país que vos sentías en tu corazón y que nosotros no podíamos vislumbrar.

Entre la gran cantidad de intelectuales brillantes que dió la política criolla, vos eras uno más; pero fuiste uno de los grandes que encarnó amor y sabiduría legítimos. Muchos dirán que otros presidentes fueron mejores, los mismos que seguramente serían felices si la vida les hubiera regalado un padre o un abuelo con tus dones.

Por eso querido Alfonsín, hoy te despido con alegría porque estás más presente que nunca para los argentinos y aprovecho que Dios ha venido a buscarte, para pedirle que nos ilumine con esa luz que tan generosamente compartió a través de tu presencia terrenal.

Pablo de la Iglesia