miércoles, 30 de septiembre de 2009

Ser humano: poético y prosaico


Uno de los más inspirados poetas alemanes, Friedrich Höderlin (1770-1843), dijo lo siguiente: «El ser humano habita poéticamente la Tierra». Este pensamiento lo completó luego un pensador francés, Edgar Morin: «El ser humano habita también prosaicamente la Tierra». Poesía y prosa además de ser géneros literarios, expresan dos modos existenciales de ser.

La poesía supone la creación que hace que la persona se sienta tomada por una fuerza mayor que le trae conexiones inusitadas, iluminaciones nuevas, rumbos nuevos. Bajo la fuerza de la creación la persona canta, sale de la rutina y asume caminos diferentes. Surge entonces el chamán que se esconde en cada persona, esa disposición que nos hace sintonizar con las energías del universo, que capta el pulsar del corazón del otro, de la naturaleza y de Dios mismo. Por esta capacidad se descubren nuevos sentidos de lo real.

«Habitar poéticamente la Tierra» significa sentirla como algo vivo, evocativo, grandioso y mágico. La Tierra es paisajes, colores, olores, fascinación y misterio. ¿Cómo no extasiarse ante la majestad de la selva amazónica, con sus árboles cual manos tendidas hacia lo alto, con la maraña de sus lianas y enredaderas, con los sutiles matices de sus verdes, rojos y amarillos, con los trinos de las aves y la profusión de sus frutos? ¿Cómo no quedarse boquiabierto ante la inmensidad de las aguas que penetran lentamente en la espesura y descienden mansamente hasta el océano? ¿Cómo no sentirse lleno de temor reverencial al caminar horas y horas por la selva virgen, como varias veces me tocó hacerlo con Chico Mendes? ¿Cómo no sentirse pequeño, perdido, un bichito insignificante ante su incalculable biodiversidad?

Habitamos poéticamente el mundo cuando sentimos en la piel el frescor suave de la mañana, cuando padecemos bajo la canícula del sol de mediodía, cuando nos serenamos al atardecer, cuando nos invade el misterio de la oscuridad de la noche. Nos estremecemos, vibramos, nos llenamos de ternura y nos extasiamos ante la Tierra en su inagotable vitalidad, y al encontrarnos con la persona amada. Entonces vivimos el modo de ser poético.

Lamentablemente son ciegos y sordos y víctimas de la lobotomía del paradigma positivista moderno quienes ven la Tierra simplemente como un laboratorio de elementos físico-químicos, como un conglomerado inconexo de cosas yuxtapuestas. No, ella está viva, es Madre y Pachamama.

También habitamos la Tierra prosaicamente. La prosa recoge la cotidianidad y el día a día gris, hecho de tensiones familiares y sociales, como los horarios y los deberes profesionales, con discretas alegrías y tristezas disimuladas. Pero lo prosaico también esconde valores inestimables. Se descubren tras una larga estancia en un hospital, o cuando regresamos presurosos después de pasar penosos meses fuera de casa. Nada más suave que el sereno transcurrir de los horarios y de los quehaceres domésticos y profesionales. Nos da la sensación de una navegación tranquila por el mar de la vida.

Poesía y prosa conviven y se alternan de tiempo en tiempo. Tenemos que velar por lo poético y lo prosaico de nuestras vidas, pues ambos se complementan y ambos están amenazados de banalización.

La cultura de masas ha desnaturalizado lo poético. El ocio, que sería el momento de ruptura de lo prosaico, ha sido aprisionado por la cultura del entretenimiento que incita al exceso, al consumo de alcohol, de drogas y de sexo. Es una vivencia poética, pero domesticada, sin éxtasis; un disfrute sin encantamiento.

Lo prosaico ha sido trasformado en simple lucha darviniana por la supervivencia, extenuando a las personas con trabajos monótonos, sin esperanza de gozar del merecido ocio. Y cuando éste llega, resultan rehenes de quienes han pensado todo por ellas, organizan sus viajes y les fabrican experiencias inolvidables. Y lo consiguen. Pero como todo es artificialmente inducido, el efecto final es un doloroso vacío existencial. Y entonces les dan antidepresivos.

Saber vivir con levedad lo prosaico y con entusiasmo lo poético es indicativo de una vida plenamente humana.
Leonardo Boff
Teólogo, filósofo y escritor.

Fuente: Koinonia

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Revolución automovilística en ciernes

Brasil puede aprovechar el boom de los automóviles eléctricos para crear una industria propia ante la inminente crisis climática y petrolera y la muerte anunciada del motor a explosión.

El vehículo eléctrico, híbrido o puro, provocará una revolución industrial y energética en el mundo en las próximas décadas, golpeando en especial a los combustibles líquidos. Pero el etanol vegetal sobrevivirá y crecerá, afirman expertos brasileños consultados para este artículo.

La actual industria automovilística "estará sepultada dentro de 15 años" si la producción china de vehículos eléctricos cumple sus metas, estima el economista Gustavo dos Santos, del estatal Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social.

En consecuencia, la expansión del etanol (más limpio que la gasolina) será menor que la esperada por el gobierno brasileño y se interrumpirá hacia 2020, prevé Santos.

La ensambladora privada china BYD (Build Your Dreams o construye tus sueños), que empezó como una fábrica de baterías, espera vender 700.000 automóviles eléctricos en 2010 y tiene como meta elevar su producción anual a ocho millones de unidades en 2025, la mitad para exportación, ejemplificó Santos a este reportero.

Además, el gobierno chino decidió convertir a ese país en una potencia automovilística y subsidia la venta de vehículos eléctricos o híbridos, que combinan batería y motor de combustión.

El avance de estos nuevos automóviles, de mayor eficiencia energética que los de combustión, fue bloqueado desde su nacimiento por el gran poder político de las petroleras, recordó Santos. Incluso el sector automotor se resiste a los cambios porque significan la pérdida de toda una estructura implantada durante más de un siglo.

Pero ahora la amenaza del cambio climático tiende a hacer “inevitable” la revolución de la energía y de toda la cadena metalmecánica, con consecuencias en otras dos industrias centrales, la electro-electrónica y la química, y en el ordenamiento urbano, señaló el economista.

Los gases que emite el transporte automotor basado en derivados del petróleo, como la gasolina y el gasóleo, recalientan la atmósfera.

En el mundo estalló una carrera tecnológica que se refleja en los numerosos modelos eléctricos exhibidos en el 63 Salón del Automóvil de Frankfurt, que se celebra desde el 17 hasta el 27 de este mes, reiterando la tendencia de ferias similares. Prácticamente todas las grandes fabricantes los están produciendo.

Los gobiernos de países ricos subsidian en grande el desarrollo y la venta de estos vehículos. General Motors, salvada de la quiebra por intervención del gobierno estadounidense, espera recuperarse con su modelo Volt, un híbrido recargable que podrá recorrer 98 kilómetros con un litro de gasolina y estará a la venta en 2010.

China ayuda a desequilibrar el juego porque “no tiene compromisos con la industria petrolera ni con la vieja industria automovilística”, observó Santos en un artículo publicado en la edición junio-julio de la revista Costo Brasil.

El objetivo chino de popularizar el automóvil en ese país, necesario para sostener el crecimiento económico actual, es imposible con el petróleo por la insuficiencia de la oferta mundial, alegó Santos.

Las baterías, aún muy grandes y costosas, requieren muchas horas de recarga para recorridos limitados, y siguen siendo el talón de Aquiles del vehículo eléctrico. Pero su adecuación es sólo cuestión de tiempo, porque se le han destinado grandes inversiones de las industrias automovilística, informática y de telefonía celular.

Santos cree que el futuro depende “más de las disputas políticas que de factores técnicos”. Además de las presiones de toda la cadena metalmecánica y de las petroleras, Estados Unidos, Europa y Japón tratarán de impedir que China se convierta en una potencia automovilística, arguye, y no hay que descartar una reacción proteccionista que podría sumir al mundo en otra recesión económica.

El vehículo eléctrico puede promover una revolución tecnológica que impulsaría las inversiones, sosteniendo un crecimiento ambientalmente sano, al “destruir buena parte de la capacidad productiva mundial”, razona el economista.

A partir de una fuerte reducción del consumo, el precio del petróleo empezaría a caer dentro de unos 10 años. En consecuencia, Brasil tiene poco tiempo para aprovechar las gigantescas reservas que descubrió en 2007 bajo una capa de sal en aguas profundas del océano Atlántico, según Santos.

Paulo Cesar Lima, asesor de la Cámara de Diputados especializado en temas energéticos, coincide con Santos.

Basándose en previsiones del sector, según las cuales 30 por ciento de los vehículos que se fabriquen en 2030 serán eléctricos, Lima advierte que la extracción de los yacimientos “presal” podría resultar inviable en cuatro décadas por el bajo precio que tendría entonces el crudo.

Descubierto a unos 7.000 metros de profundidad, el crudo brasileño tendrá costos muy elevados de producción, cercanos a 40 dólares por barril de 159 litros, según autoridades energéticas.

El “factor determinante”, para Lima, será la cuestión ambiental que forzará la vigencia del vehículo eléctrico. Éste, a su vez, “puede afectar el mercado del etanol” y su pasaje a la categoría de “commodity”, es decir mercancía de libre comercialización, estima.

Pero la revolución eléctrica no impedirá la supervivencia y expansión del etanol, pues reduce la emisión de gases de efecto invernadero, agrega Lima.

El etanol brasileño de caña de azúcar es reconocido por sus beneficios ambientales, a diferencia del obtenido de maíz y otras materias primas agrícolas en Estados Unidos y Europa. Pero enfrenta críticas por las condiciones laborales penosas de los cañaverales y por desplazar cultivos de alimentos.

La sustitución del combustible líquido “será un proceso lento”, y por mucho tiempo predominará el vehículo híbrido, que emplea un motor a combustión para generar la electricidad propulsora, prevé Pietro Erber, presidente de la Asociación Brasileña del Vehículo Eléctrico.

Para el híbrido, el etanol ofrece ventajas respecto de los derivados del crudo, especialmente del gasóleo, que es importado por Brasil para abastecer camiones y autobuses, evalúa Erber. Esa ventaja puede ampliarse si se grava el petróleo para desalentar su consumo y en beneficio del clima, acota.

El crudo perderá mercado, pero no el etanol, pues es un combustible “más homogéneo” y por eso se mezcla con la gasolina para mejorar el desempeño y reducir la contaminación, asegura Jayme Buarque de Hollanda, director del no gubernamental Instituto Nacional de Eficiencia Energética.

Además, no se trata solo del etanol, sino de la biomasa como fuente de energía renovable y menos contaminante. A partir de la caña también se genera electricidad, con el bagazo, además de la producción de azúcar y de la vinaza fertilizante, destaca Buarque.

El uso diversificado de la biomasa es una vocación de este país, que tiene agua, sol y tierra abundantes. Hay por delante un amplio futuro de investigación y desarrollo para sustituir buena parte de los “3.000 productos del petróleo”, añade Fernando Siqueira, presidente de la Asociación de Ingenieros de Petrobras, la empresa petrolera capitales mixtos.

Para ese futuro, Brasil debería invertir en células de combustible, destinadas a sustituir a las baterías, según Santos. Este dispositivo electroquímico convierte la energía del combustible en electricidad con mayor eficiencia que la batería y daría al etanol viabilidad a largo plazo, ante la muerte anunciada del motor a explosión.

Para el economista, el actual cambio de paradigma, al reducir obstáculos propicia una singular oportunidad para que Brasil cree, como China, una industria automovilística nacional de vehículos eléctricos con marca propia. Dispone para ello de enormes recursos energéticos y de capacidad tecnológica, concluyó.

Por Mario Osava - IPS/IFEJ


* Este artículo es parte de una serie producida por IPS (Inter Press Service) e IFEJ (siglas en inglés de Federación Internacional de Periodistas Ambientales) para la Alianza de Comunicadores para el Desarrollo Sostenible (http://www.complusalliance.org).

Fuente: www.tierramerica.info

viernes, 11 de septiembre de 2009

Zen y la crisis de la cultura occidental




Vengo insistiendo desde hace tiempo en que por detrás de la crisis actual económico-financiera actual hay una crisis de paradigma civilizatorio. ¿De qué civilización? Se trata obviamente de la civilización occidental, que a partir del siglo XVI fue mundializada por el proyecto de colonización de los nuevos mundos.

Este tipo de civilización se estructura en la voluntad de poder-dominación del sujeto personal y colectivo sobre los otros, los pueblos y la naturaleza. Su arma mayor es una forma de racionalidad, la instrumental-analítica, que compartimenta la realidad para conocerla mejor y así someterla más fácilmente. Después de quinientos años de ejercicio de esta racionalidad, con los innegables beneficios que ha traído y que encontró en la economía política capitalista su más cabal realización, estamos constatando el alto precio que nos ha hecho pagar: el calentamiento global, inducido en gran parte por el industrialismo sin límites, y la amenaza de una catástrofe previsible ecológica y humanitaria.

Estimo que todos los esfuerzos que se hagan dentro de este paradigma para mejorar la situación serán insuficientes. Serán siempre más de lo mismo. Tenemos que cambiar para no perecer. Es el momento de inspirarnos en otras civilizaciones que ensayaron un modo más benevolente de habitar el planeta. Lo que fue bueno ayer, puede valer también para hoy.

Tomo como una de las referencias posibles el zenbudismo. Primero, porque ha influenciado todo el Oriente. Nacido en la India, pasó a China y llegó a Japón. Después, porque ha penetrado ampliamente en estratos importantes de Occidente y de todo el mundo. El Zen no es una religión. Es una sabiduría, una manera de relacionarse con todas las cosas de tal forma que se busca siempre la justa medida, la superación de los dualismos y la sintonía con el Todo.

Lo primero que hace el budismo zen es destronar al ser humano de su pretendida centralidad, especialmente del yo, núcleo básico del individualismo occidental. Él nunca está separado de la naturaleza, es parte del Todo. En seguida, procura una razón más alta que está más allá de la razón convencional. Se niega a tratar la realidad con conceptos y fórmulas. Se concentra con la mayor atención posible en la experiencia directa de la realidad tal como la encuentra.

«¿Qué es el zen?» preguntó un discípulo al maestro. Y éste respondió: «las cosas cotidianas; cuando tienes hambre, comes, cuando tienes sueño, duermes». «¿Pero no hacen eso mismo todos los seres humanos normales?» -atajó el discípulo. «Sí» ―respondió el maestro― «los seres humanos normales cuando comen piensan en otra cosa, cuando duermen, no pegan ojo porque están llenos de preocupaciones». ¿Qué significa esta respuesta? Significa que debemos ser totalmente uno en el acto de comer y totalmente entregados al acto de dormir. Como ya decía la mística cristiana Santa Teresa: «cuando gallinas, gallinas, cuando ayuno, ayuno». Esta es la actitud zen. Empieza por hacer con la máxima atención las cosas más cotidianas como respirar, andar y limpiar un plato. Entonces ya no hay dualidad: estás todo tú en todo lo que haces. Por eso, obedece a la lógica secreta de la realidad sin la pretensión de interferir en ella. Acogerla con el máximo de atención nos hace integrados porque no nos distraemos con representaciones y palabras.

Esta actitud le ha faltado al Occidente globalizado. Estamos siempre imponiendo nuestra lógica a la lógica de las cosas. Queremos dominar. Y llega un momento en que ellas se rebelan, como estamos constatando actualmente. Si queremos que la naturaleza nos sea útil, debemos obedecerla.

No dejaremos de producir y de hacer ciencia, pero lo haremos con la máxima conciencia y en sintonía con el ritmo de la naturaleza. Orientales, occidentales, cristianos y budistas pueden usar el zen de la misma forma que peces grandes y pequeños pueden morar en el mismo océano. Es otra forma de vivir que puede enriquecer nuestra cultura en crisis.



Leonardo Boff
Teólogo, filósofo y escritor


Fuente: Koinonia

lunes, 7 de septiembre de 2009

La política meditada



En el mundo de la empresa innovadora, la práctica de la meditación regular y frecuente se va imponiendo con naturalidad, y se promueven espacios de silencio para poder mirar el entorno (y mirarse) con mayores dosis de imparcialidad y equilibrio. La meditación abre, cada vez más, las oportunidades a una gestión de las organizaciones en que las emociones tengan un papel más valorado y reconocido al mismo nivel que las aptitudes y las actitudes. 


El estrés y la ansiedad, por ejemplo, se han convertido en una de las mayores causas de falta de competitividad y de baja laboral. Si añadimos la falta de relajación y de descansos adecuados, se produce un alarmante descenso de nuestra energía vital, condicionando nuestro estado de ánimo y éste, a su vez, nuestro comportamiento y rendimiento global.

El contexto de crisis, con sus escenarios de incertidumbre y complejidad, ha castigado duramente los delicados equilibrios emocionales que la vida moderna exige a las personas. “No he parado ni un minuto”, es la frase recurrente que refleja una ocupación constante, sin pausa (descanso), ni silencios (reflexión), que perjudican enormemente la calidad de cualquier tarea. Las empresas se han dado cuenta del potencial que para la productividad y la innovación tienen el silencio reflexivo y la calma serena.

Mientras, la política parece que ignora estas consideraciones y desprecia la meditación y el cuidado del espíritu como estructura medular del carácter de nuestros representantes. La dimensión espiritual de la persona, por ejemplo, no puede ser ignorada, tampoco, desde la izquierda renovadora y mucho menos desde el socialismo democrático que tiene una base electoral y sociológica de cultura católica muy amplia y un anclaje histórico con las comunidades de base cristianas y los sectores renovadores de la jerarquía. Pero no estamos hablando de religión… ni de iglesias. Hay que multiplicar los gestos hacia las comunidades laicas y creyentes comprometidas con la acción social, sí; pero acercarnos también con respeto e interés hacia otros espacios de trascendencia espiritual no específicamente religiosa.

Hasta ahora, la izquierda se ha movido con un reduccionismo simplista considerando lo espiritual como un fenómeno meramente religioso. Gran error. Lo espiritual, entendido como el sentido que le damos a las cosas y a nuestra vida, permite residenciar en valores y principios los verdaderos reguladores de nuestro comportamiento. Y ahí radica su potencial para la política. Un gestor público debe ser una persona de densidad moral y ética, y para ello es imprescindible una actitud reflexiva y pausada y una vida interior rica y equilibrada.

La política, con sus ritmos mediáticos y su inmediatez táctica, aleja a nuestros representantes, demasiadas veces, de la ponderación y la distancia imprescindibles. Nadie reclama, por ejemplo, tiempo para evaluar la respuesta adecuada, para estudiar una propuesta, para pensarla con calma. Es como si la distancia cautelar que tantas veces debería guiar la actuación pública, sea un demérito o un defecto. Todo lo contrario.

Hay un nuevo espacio para la política meditada. La ciudadanía lo está pidiendo a gritos. La meditación, el silencio, el retiro, el estudio, deben de estar presentes en la vida política y en nuestros líderes. Necesitamos políticos con mayor capacidad de escuchar su interior y de compartir experiencias de profunda e intensa concentración personal. Una espiritualidad humana, profundamente humanista, como base de otra política.

Necesitamos líderes reflexivos, capaces de meditar, de buscar en su equilibrio personal la fuerza y las ideas que guíen su actividad. Puede ser una dimensión religiosa, pero no necesariamente. Debemos fomentar las prácticas que buscan el equilibrio y la armonía como el yoga o el tai-chi y acercarnos a ellas con una nueva naturalidad. En España todavía hay un prejuicio latente hacia tales disciplinas que, ignorantes e petulantes, algunos identifican como “raras”.

Martin Boronson, autor del best seller “Respira” (Urano) nos anima a recuperar el control personal con sólo un minuto al día. Y recomienda seguir cuatro pasos: crear un lugar de silencio y soledad; sentarse en una silla con la espalda enderezada, con las manos y las piernas relajadas pero inmóviles; activar el reloj avisador en un minuto exacto, y cerrar los ojos, centrando la atención de la mente en la respiración hasta que suene la alarma. ¿Se lo imaginan? Y todavía más: ¿Se imaginan a nuestros políticos con este minuto de serenidad?

Creo que la política necesita de estos minutos “de oro”. Y la comunicación política, todavía más. Durante el verano, algunos líderes políticos han recomendado a sus adversarios que “se relajen” o “se retiren a un monasterio”. La sugerencia, si reflejara una reivindicación sincera e incluyente de la política meditada, sería un cambio notable que deberíamos aplaudir. Pero dicha con un cierto desdén y como una invectiva, refleja un prejuicio sobre el valor del retiro y de la relajación en la vida pública.

El descrédito de la política y de los políticos tiene que ver –y mucho- con el deterioro del lenguaje político. Dime como hablas y te diré quien eres (y cómo eres). Deberíamos relajarnos, sí; pero para pensar mejor y ver si hay algo en el interior que valga la pena. Y, sólo entonces, abrir la boca.

Antoni Gutiérrez-Rubí
Asesor de comunicación

Fuente: http://www.gutierrez-rubi.es/2009/09/05/la-politica-meditada/

jueves, 3 de septiembre de 2009

El discurso que hizo que mataran a JFK

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¿Sobrepasamiento y colapso del sistema mundial?

Hoy en día en todos los países y foros se habla de desarrollo-crecimiento como nunca antes. Es una obsesión que nos acompaña por lo menos desde hace tres siglos. Ahora que se ha producido el colapso económico, la idea ha vuelto con renovado vigor, porque la lógica del sistema no permite, sin autonegarse, abandonar esa idea-matriz. ¡Ay de las economías que no consigan rehacer sus niveles de desarrollo-crecimiento! Van a sucumbir junto a una eventual tragedia ecológica y humanitaria.

Pero tenemos que decirlo con todas las letras: retomar esa idea es una trampa en la que está cayendo la mayoría, inclusive Benedicto XVI en su reciente encíclica Caritas in veritate, dedicada al desarrollo. Esto puede verificarse casi de manera unánime en los discursos de los representantes de los 192 pueblos presentes en la reunión de la ONU a finales de junio. La gran excepción, que causó asombro, fue el discurso inicial y final del presidente de la Asamblea General, Miguel d’Escoto, que pensó hacia delante en la lógica de otro paradigma de relación Tierra-Vida-Humanidad, y subordinando el desarrollo al servicio de estas realidades centrales. Del resto no se oía otra cosa: hay que retomar el desarrollo-crecimiento, si no la crisis se perenniza.

¿Por qué digo que es una trampa? Porque para alcanzar los índices mínimos de desarrollo-crecimiento del 2% anual previsto, necesitaríamos dentro de poco dos Tierras iguales a la que tenemos. No lo digo yo, lo dijo el expresidente francés Jacques Chirac cuando el IPCC publicó en Paris el 2 de febrero de 2007 los resultados del calentamiento global. Lo repiten con frecuencia el renombrado biólogo Edgard Wilson y el formulador de la teoría de la Tierra como Gaia, James Lovelock, entre otros. La Tierra está dando señales inequívocas de estrés generalizado. Hay límites que no se pueden sobrepasar.

Recientemente, el Secretario de la ONU, Ban-Ki-Moon advirtió a los pueblos de que solamente tenemos unos diez años para salvar a la civilización humana de una castástrofe ecológica planetaria. En un número reciente de la revista Nature, un prestigioso grupo de científicos publicó un informe sobre «Los límites del planeta» (planetary boundaries) en el que afirmaban que en varios ecosistemas de la Tierra estamos llegando punto de no retorno (tipping point) con referencia a la desertificación, la fusión de los cascos polares y del Himalaya, y a la creciente acidez de los océanos. Cabe aquí citar, en mi opinión, el mejor fundamentado estudio de los autores del legendario Los límites del crecimiento del Club de Roma de 1972: D. Meadows y J. Randers. Su libro de 1991 tiene un título que es una llamada de alerta: Mas allá de los límites: colapso total o un futuro sostenible.

La tesis de estos autores es que la excesiva aceleración del desarrollo-crecimiento de las últimas décadas, del consumo y del desperdicio, nos han hecho conocer los límites ecológicos de la Tierra. No hay técnica ni modelo económico que garantice la sostenibilidad del proyecto actual. El economista Ignacy Sachs, amigo de Brasil, uno de los pocos que propone un ecosociodesarrollo comenta: «No se puede excluir la idea de que, por exceso de aplicación de racionalidad parcial, acabemos en una línea de irracionalidad global suicida» («Forum», junio 2009 p.19). Ya he afirmado en este espacio que la cultura del capital tiene una tendencia autosuicida. Prefiere morir a cambiar, arrastrando a otros consigo.

Los formuladores de la visión sistémica llaman a este fenómeno sobrepasamiento y colapso. Es decir, sobrepasamos los límites y nos dirigimos hacia un colapso.

¿Estaré siendo pesimista? Respondo con José Saramago: «no soy pesimista, la realidad es la que es pésima». Efectivamente: o abandonamos el barco del desarrollo insostenible en dirección a lo que la Carta de la Tierra llama «un modo sostenible de vivir» y los andinos «el bien vivir», o vamos a tener que aceptar el riesgo de ser despedidos de este planeta.

Pero como el universo está hecho de virtualidades todavía no ensayadas, esperamos que surja una que nos salve a todos.

Leonardo Boff
Teólogo, filósofo y escritor

Fuente: Koinonia

martes, 1 de septiembre de 2009

¿Qué anestesia usan?


¿Qué tipo de anestesia social están usando con nosotros que hace que se acepten sin rechistar las ayudas estatales multimillonarias a los bancos y banqueros y que, sin embargo, no se permita ayudar a los parados de larga duración con una ayuda de subsistencia?


Si algún día alguien consigue descubrir cuánto dinero -público- se le ha inyectado a los bancos para prolongar la agonía de este sistema, verá que habrá sido muchísimo más que las migajas que se pretende dar a los parados que han sufrido los sueños del "ladrillo para todos" que nos vendieron los que se hicieron ricos con nuestra ruina.

Y sin embargo, incluso encontramos en la clase media gente que piensa que no debe darse ayudas a los parados porque son unos vagos que no quieren trabajar, pero no piensan -curiosamente- que ayudar a los bancos perpetúe el cáncer económico que consiste en financiar con dinero público a la banca privada.

El dinero antes que las personas; los neocon siguen haciendo estragos. Y mientras, ni manifestaciones, ni protestas airadas, ni una queja; sólo esperamos -la mayoría rezando incluso- que la Bolsa vuelva a subir y todos podamos creer que somos ricos otra vez. Va a ser una larga espera y, por lo visto, aburrida.

por Emilio Iglesias Delgado

Fuente: El País (28/08/09)