viernes, 23 de octubre de 2009

¿Todavía tiene futuro el individualismo?




En Estados Unidos hay una crisis más profunda que la económico-financiera. Es la crisis del estilo de sociedad que se formó desde que fuera constituida por los «padres fundadores». Es una sociedad profundamente individualista, consecuencia directa del tipo de capitalismo que fue implantado allí. La exaltación del individualismo adquirió forma de credo en un monumento delante del majestuoso Rockfeller Center en Nueva York, en el cual se puede leer el acto de fe de John D. Rockfeller Jr: «Creo en el supremo valor del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a perseguir su felicidad».

En un fino análisis contenido en su clásico libro La democracia en América (1835), el magistrado francés Charles de Tocqueville (1805-1859) señaló al individualismo como la marca registrada de la nueva sociedad naciente. El individualismo se mantuvo triunfante, pero tuvo que aceptar límites debido a la conquista de los derechos sociales de los trabajadores y especialmente al surgimiento del socialismo, que contraponía otro credo, el de los valores sociales. Pero con el derrocamiento del socialismo estatal, el individualismo volvió a tener vía libre bajo el presidente Reagan hasta el punto de imponerse en todo el mundo en forma de neoliberalismo político.

Contra Barack Obama, que intenta un proyecto con claras connotaciones sociales, como salud para todos los estadounidenses y medidas colectivas para limitar la emisión de gases de efecto invernadero, el individualismo resurge con furor. Le acusan de socialista y de comunista y, en facebook, en internet, hasta no se excluye su eventual asesinato si llegara a suprimir los planes individuales de salud. Y eso que su plan de salud no es tan radical, pues, tributario todavía del individualismo tradicional, excluye de él a todos los emigrantes, que son millones.

La palabra «nosotros» es una de las más desprestigiadas de la sociedad estadounidense. Lo denuncia el respetado columnista del New York Times, Thomas L. Friedman en un excelente artículo: «Nuestros líderes, hasta el presidente, no consiguen pronunciar la palabra ‘nosotros’ sin que les produzca risa. No hay más ‘nosotros’ en la política estadounidense, en una época en que ‘nosotros’ tenemos enormes problemas -la recesión, el sistema de salud, los cambios climáticos y las guerras en Irak y en Afganistán- con los que sólo vamos poder lidiar si la palabra ‘nosotros’ tiene una connotación colectiva» (JB 01/10/09).

Sucede que, por falta de un contrato social mundial, Estados Unidos se presenta como la potencia dominante, que prácticamente decide los destinos de la humanidad. Su arraigado individualismo proyectado al mundo se muestra absolutamente inadecuado para señalar un rumbo al ‘nosotros’ humano. Ese individualismo no tiene ya futuro.

Se hace cada vez más urgente un gobierno global que sustituya el unilateralismo monocéntrico. O desplazamos el eje del ‘yo’ (mi economía, mi fuerza militar, mi futuro) hacia ‘nosotros’ (nuestro sistema de producción nuestra política y nuestro futuro común) o difícilmente evitaremos una tragedia, no sólo individual sino colectiva. Independientemente de ser socialistas o no, lo social y lo planetario deben orientar el destino común de la humanidad.

Pero, ¿por qué ese individualismo tan arraigado? Porque está fundado en un dato real del proceso evolutivo y antropogénico, pero asumido de forma reduccionista. Los cosmólogos nos aseguran que hay dos tendencias en todos los seres, especialmente en los seres vivos: la de auto-afirmación (yo) y la de integración en un todo mayor (nosotros). Por la autoafirmación cada ser defiende su existencia; si no, desaparece. Pero por otro lado, nunca está sólo, está siempre enredado en un tejido de relaciones que lo integra y le facilita la supervivencia.

Las dos tendencias coexisten, juntas construyen cada ser y sustentan la biodiversidad. Excluyendo una de ellas surgen patologías. El ‘yo’ sin el ‘nosotros’ lleva al individualismo y al capitalismo como su expresión económica. El ‘nosotros’ sin el ‘yo’ desemboca en el socialismo estatal y en el colectivismo económico. El equilibrio entre el ‘yo’ y el ‘nosotros’ se encuentra en la democracia participativa que articula ambos polos. Ella acoge al individuo (yo) y lo ve siempre insertado en una sociedad mayor (nosotros), como ciudadano.

Hoy necesitamos una hiperdemocracia que valore cada ser y a cada persona y garantice la sostenibilidad de lo colectivo que es la geosociedad naciente.

Leonardo Boff
Teólogo, filósofo y escritor

Fuente: Koinonia
Visto en www.espiritualidadypolitica.blogspot.com
Imagen: Revista Fusión

lunes, 12 de octubre de 2009

Hacia un cambio de paradigma



Todavía estamos inmersos en un sistema de dominación con principios del patriarcado que van en contra del desarrollo equilibrado de nuestras potencialidades como seres humanos y contra el mundo natural en el que estamos inmersos.

El progreso sin fin tomó sólo el aspecto económico y vivimos su fracaso en el orden humano, son muestras de ello las devastadoras guerras del siglo XX y el hecho de que hoy 3.000 millones de personas en el mundo está dentro de los niveles de pobreza con su consecuente difícil acceso a un desarrollo intelectual ya sea por un estado de malnutrición o por no tener acceso a los conocimientos ya que la subsistencia es la principal motivación de sus vidas.

Los avezados sin escrúpulos que tienen el poder económico y que lo usan para continuar con la acumulación, consideran un éxito sus negocios, pero existe en ellos una profunda ignorancia del ser humano, de la vida y del orden del universo, o quizás no lo ignoren, pero su ética y valores van contra la ley natural inscripta en todos los sistemas de la vida.

El progreso sin fin tiene sus raíces en el pensamiento cartesiano, siglo XVII, al establecer la separación entre espíritu y materia, concepto dualista de la naturaleza del hombre.

La humanidad se dedicó al progreso material y en el hombre fundamentalmente a sus necesidades físicas, olvidándose del orden natural que preserva la vida, olvidándose que los pensamientos son intangibles, que el lenguaje es simbólico, que hay sentimientos y emociones que son el motor de las grandes creaciones artísticas y científicas, que el hombre es capaz de amar y trascender de sí, salir de su egocentrismo en pos del mundo y de sus semejantes y esto es producto de su ser esencial y de un concepto monista de la naturaleza humana.

Así como descartaron el espíritu del cuerpo, descartaron a una naturaleza divina del mundo y a ese dios lo consideraron tan trascendente, que también lo colocaron fuera del universo.

Entonces la naturaleza es saqueada, las especies inocentes desaparecen, las aguas y el aire se contaminan, y millones de personas son condenadas a todo tipo de frustraciones y sufrimientos.

En el mundo natural existe una comunicación ordenada, determinante e implacable, hay sistemas de mensajes que interactúan con precisión en todos los sistemas.

Hay una frase de Gregory Bateson muy profunda que dice: “El Dios ecológico es incorruptible y por lo tanto no se deja burlar”.

Por lo tanto debemos entre todos enarbolar el concepto de la naturaleza y de la vida como un todo sagrado, es decir que merece el más alto respeto y tomar actitudes y acciones que respondan a tal concepto.

Entonces el sentido del camino es construir un nuevo paradigma cuyo sistema sea de armonía y para ello una de las vías posibles es el desarrollo de una conciencia personal y una conciencia global.

Se entiende por conciencia personal el autoconocimiento, sabemos que la evolución es un lento proceso que a través de la materia inerte ha surgido la vida, la mente y el espíritu; conocer nuestra naturaleza primero para luego afrontar los conflictos externos, saber que tenemos tres esferas, sensitiva, emocional e intelectual, saber que las decisiones tomadas por egoísmo o por miedo provienen del ego y no desde el fondo de nuestro ser.

Conocer la correlación entre pensamiento, decisión, acción o no-acción, y que los pensamientos se pueden cambiar y por ende todo el proceso.

Por último una conciencia global, abarcaría la creación de Organismos Nacionales en todos los países compuestos por equipos interdisciplinarios integrados por intelectuales, pensadores, científicos y economistas con una posición superadora con respecto a ideologías, partidismos y religiones ( ya que todos estos son separatistas), es decir, sería establecer a través del diálogo y en pleno consenso, códigos para todas las naciones respetando la identidad de los pueblos, con prioridad a lograr el equilibrio de los sistemas naturales y del género humano como parte del todo natural, este mismo hombre que es la causa del desequilibrio y la destrucción, restablecería el concepto sagrado del cosmos y de la vida.

Establecerían los códigos y su regulación a través de representantes en un Parlamento Global Internacional, que distaría en su totalidad por su esencia a las actuales organizaciones globales que carecen de transparencia porque predominan como corporaciones accionistas.

Existen dos palabras muy usadas y que están mal aplicadas aún en un sistema de dominio que debe llegar a su fin, y cuyas definiciones son contrarias, ellas son: economía y amor

Economía: administración de bienes escasos

Amor: único bien que crece cuando se reparte

Dicotomía interesante para entender la realidad y ver si somos capaces de trascender nuestro egocentrismo y ser creadores para el bien.

Ángeles Román
Profesora de Filosofía - Poeta