miércoles, 24 de febrero de 2010

Inteligencia Colectiva

La Inteligencia Colectiva es el producto de la suma de la inteligencia de muchos individuos; esto es válido para todas las especies vivientes, incluso entre especies diferentes; además, existen evidencias que también ocurre entre las que llamamos no vivientes (minerales, por ejemplo).

Una manifestación fácilmente observable de la Inteligencia Colectiva es un hormiguero; si lo observamos un buen rato, veremos como todas las hormigas actúan como un súper organismo que responde a una inteligencia centralizada que trasciende al individuo.

Cuando en la humanidad se disparan procesos en los que está involucrada la Inteligencia Colectiva, profundas transformaciones pueden producirse rápidamente; conocedores de este poder, muchos colectivos están auspiciando eventos como Meditaciones Masivas, Encuentros por la Paz, oraciones en grupos o coordinadas.

Las tecnologías de la información (TICs) nos permiten acceder a un modelo de libertad con un elevado grado de participación. Las viejas revoluciones tan solo transferían el poder a manos de los ganadores, hoy el poder puede convertirse en una gran unidad de consciencia en la cual cada uno dice presente. Claramente, aunque también pueden ser utilizadas para la dominación, se han vuelto un instrumento para canalizar el flujo de la Inteligencia Colectiva en función de la liberación del sufrimiento humano a través del conocimiento y la promoción de la Unidad Global.

Hay una decisión a la cual debemos hacerle frente y que permitirá que la voz de todos y cada uno sea realmente escuchada, inevitablemente tenida en cuenta. Y ahora sí, la suma de las partes será mucho más... Y ahora sí podremos reposar en la respuesta de la Inteligencia Colectiva con serenidad y sabiendo que se ha hecho lo apropiado. Tecnología + Corazón empiezan a despertar y equilibrar las fuerzas en un mundo que puede ser distinto, porque simplemente la posibilidad de hacerlo -más bien de dejarlo ser- está dentro del alcance de nuestras manos.

Pablo de la Iglesia

viernes, 19 de febrero de 2010

Entender la CRISIS...

Los especialistas ven la crisis segmentada según su ámbito de especialización, para los economistas es la economía, para los políticos es la política... Sin embargo, nuestra civilización se ha vuelto entrópica e inestable; observemos desapegados, que no importa la dirección que tomen los acontecimientos, hoy para la derecha mañana para la izquierda, hoy estimulamos la producción mañana el consumo, siempre emerge la insatisfacción social, independientemente si se trata de un país pobre o rico, de una sociedad católica o judía, de una comunidad socialista o una capitalista, la constante es la insatisfacción.

Por ejemplo en Argentina del siglo XXI. Anoche veía una inspiradora película llamada "Cantos de Libertad" en la cual se refleja la lucha de los negros por la igualdad social en el Estado racista de Mississipi décadas atrás. Mientras el protagonista recordaba su infancia en un entorno hostil, yo pensaba "¡pero si aún sin derechos, los negros vivían mejor entonces que buena parte de los argentinos ahora", incluso en un momento expresé hacia mi interior "si hasta incluso los presos tenían celdas limpias".

Y entiendo que usted reaccione ante la falta de corrección política de mi pensamiento, pero en ese entonces y en ese entorno, un negro sabía lo que podía esperar cuando traspasaba ciertos límites y también sabía, salvo en épocas de mucha convulsión, que en su iglesia podían cantar felices y que en el seno de su comunidad podían comer en familia, disfrutar de su hermandad y dormir una siesta junto al río. Y aunque tal vez nada compense la libertad, un argentino (y lo mismo ocurre en muchas naciones) no sabe si vuelve cuando sale a la calle, no sabe si el negocio familiar que construyó con esfuerzo de años se irá por la borda un buen día porque es asaltado por enésima vez, no sabe si vale la pena trabajar duro para que sus hijos tengan un futuro... Y uno no sabe si estamos mejor o peor que hace unas décadas, pero si bien hemos progresado en algunos aspectos prolijamente enunciados por la doctrina ciudadana, en los hechos, con frecuencia, hemos retrocedido a la época de las cavernas.

Hubo tiempos duros, tiempos horribles para la humanidad, pero casi siempre prevalecieron los valores que, mal o bien, nos daban un marco al que atenernos; hoy, la ausencia de valores en los ambientes más golpeados por la droga, el hambre, la falta de educación o el nulo acceso a un verdadero sistema de salud, implica que una vida no vale nada, que un niño tirado en la calle es un potencial peligro, que nuestros abuelos una carga, que la naturaleza una prostituta a la cual un macho puede usar, explotar y tirar como si fuera un trapo. Y eso nos mató como individuos que sienten, piensan y tienen espíritu crítico, para convertirnos en un tumulto de zombis que sobreviven, obedecen y se defienden unos de otros.

Pablo de la Iglesia

Crisis de Sentido

Crisis es oportunidad
Sri Bhagaván


El momento histórico que nos toca vivir puede leerse de muchas maneras, pero hay seis letras compartidas por la mayoría de las visiones: CRISIS.

Lo que también está claro es que hay muchas formas de experimentar la crisis. Podemos cruzarnos de brazos y sumarnos al interminable ejército de los que la asumen con una actitud de victimismo decidiendo que nada podemos hacer por cambiar el estado de cosas. Podemos, también, responsabilizarnos de la misma y asumir el protagonismo necesario para transformar esta crisis en una increíble oportunidad de contribuir al nacimiento de una nueva civilización.

Una de las respuestas más intensas a la crisis global es el surgimiento de vastos movimientos espirituales alrededor del mundo. Algunos delegan la responsabilidad del cambio en Dios. Otros le ponen el cuerpo y están disfrutando este tiempo complejo, sabiendo que Dios puede actuar a través de cada uno de nosotros si hacemos nuestro pequeño ego a un lado y conectamos desde el corazón por el bien mayor.

La crisis global es sistémica. En lo social afecta lo político, lo cultural, lo económico... Crisis energética. Hambrunas en un mundo opulento. Absurdos que muestran gastos de tres mil millones de dólares diarios en armamentos junto a sesenta mil personas muriendo de hambre en el mismo lapso de tiempo.

No contamos con recursos para combatir la pobreza, no contamos con recursos para transformar nuestro sistema productivo de acuerdo a una forma sustentable, armoniosa y próspera. Sin embargo, si contamos con miles y miles de millones para sostener la crisis de los especuladores que desvirtuaron el propósito de la economía, que se enriquecieron destruyendo el planeta, que forjaron su poder multiplicando el sufrimiento de nuestros hermanos.

Esta, por sobre todas las cosas, es una CRISIS DE SENTIDO. Hemos aceptado como normal la violencia cotidiana, nos hemos insensibilizado a las terroríficas imágenes de guerra que derrochan sangre en nuestros noticieros, no cuestionamos que se cree riqueza destruyendo santuarios como la cordillera de Los Andes. No nos rebelamos ante la corrupción que se expresa ante nuestros ojos con total impunidad. Ya ni fuerzas tenemos para alzar nuestra voz por los bosques y la selvas por los que respira nuestra Madre Tierra y son sometidos al paso de las topadoras que preparan el suelo para sembrar la soja que margina cada vez más del sistema productivo a los pequeños agricultores y a los pueblos originarios.

Tal vez sea el tiempo de aceptar que la crisis está adentro de cada uno de nosotros y mirar de frente nuestro grado de responsabilidad ante esa absurda manifestación que está allá afuera. Como ha postulado ese gran maestro de la India, Sri Bhagaván, "el mundo es un espejo y tu te ves reflejado en él".

Jamás daremos el primer paso para reconstruir este planeta maravilloso si no vemos nuestra condición. Debemos trascender el miedo a ver lo que hay allí y aceptar nuestros monstruos interiores. En realidad, se trata de darnos cuenta que es el miedo ilusorio lo único que nos mantiene atados a la crisis, igual que aquel elefante que creció atado a un pequeño palo y ya de adulto, infinitamente más fuerte, seguía preso únicamente de su percepción.

Pablo de la Iglesia