domingo, 10 de octubre de 2010

La guerra contra la pobreza hay que darla en la cabeza

Pablo de la Iglesia
Sabido es, en especial en el contexto Latinoamericano, lo fácil que es utilizar políticamente a los pobres.

Por supuesto, en parte se debe a que cuando padecemos necesidades, cualquier anzuelo con carne podrida puede parecernos el mejor asadito dominguero. Carne podrida que genera gratitud en aquellos que nunca comieron nada; si además el régimen se asegura de tener a los pobres segregados donde no vean otra cosa, se garantiza tener un ejército dispuesto que se alimenta apenas con las sobras de la sociedad opulenta.

En este sentido, el neoliberalismo y el populismo son iguales de nefastos; unos machacan una y otra vez pretendiendo hacernos creer que no se puede repartir lo que supuestamente no existe, impulsando ajustes que nunca tocan a los que más tienen; otros dignificando la pobreza con dádivas sólo hasta el punto donde el hambre no duele tanto pero lo suficiente como para que el espíritu de trabajo de aquel que desea progresar para ser clase media se mantenga aplacado.

Por eso con frecuencia, cuando desde la política bien intencionada se intenta mostrarle la luz a los pobres se reedita una suerte de "mito de la caverna" y los más necesitados permanecen atados a un yugo impuesto desde afuera pero aceptado por ellos, sin saberlo por supuesto, como parte inevitable de su mundo.

Y ahí aparecen los que cómodamente sentados en su Mercedes dicen "Dejalos, son unos vagos, nunca quieren trabajar", sin hacer un intento por comprender porque se ha llegado a este punto. Y oportunamente llegan los caciques generosos a traer las migajas que sobraron de su fiesta y con la que los pobres se sabrán entretener agradecidos.

Pero realmente el problema no es la pobreza sino un factor asociado: la falta de educación.

Cuando un pobre escapa, por alguna razón, de una realidad sin educación, puede partir con desventaja pero tiene opciones, puede crear oportunidades, puede soñar con un futuro, tiene colores para ir embelleciendo la pintura de su vida y, sobre todo, puede ver que con esfuerzo puede aspirar a una vida mejor.

Por eso digo que la batalla contra la pobreza hay que darla en la cabeza. La verdadera re-evolución está en la educación que tiene que ser universal, gratuita, de buena calidad y adaptada a los tiempos; que forme ciudadanos libres y con amplia capacidad de discernir por si mismos.

Ciudadanos "peligrosos" para los que, de un lado o del otro, los quieren mantener pobres y embrutecidos para seguir explotándolos o utilizándolos. Ciudadanos que, con buena educación, aunque tengan pocas semillas, ahora tienen la certeza que su tierra interior es fértil y sabrán como cuidarlas para multiplicarlas.

La pobreza en Latinoamérica es una ilusión que han creado unos cuantos aprovechados; es tiempo que los pueblos de este rico continente nos hagamos cargo de nuestra abundancia.

Pablo de la Iglesia