viernes, 8 de abril de 2011

La transformación es inevitable


Pablo de la Iglesia
Cuando uno está involucrado con intereses, pierde objetividad en el análisis. Cuando uno ha hecho las cosas de una determinada manera y con resultados exitosos en el pasado, seguramente resistirá para mantener el status quo. La resistencia al cambio ha sido una constante de la naturaleza humana que tiende a dormirse cuando los vientos soplan la necesidad de un cambio.

Es precisamente lo que nos está ocurriendo. Hay un modelo de desarrollo que ha generado beneficios para todos pero que hoy muestra sus limitaciones. La humanidad está dividida. Básicamente una plutocracia que quiere redoblar la apuesta mercantilizando absolutamente todo y sectores productivos con bajo nivel de responsabilidad social y ambiental que apoyan el paroxismo capitalista. Sectores empresarios en manos de una dirigencia consciente que adhiere a la necesidad del cambio pero que están muy limitados por un conjunto de reglas que favorecen el juego de los primeros.  Y una amplia mayoría de la población que está despertando a un entendimiento diferente de lo que habitualmente hemos definido como bienestar y desarrollo.

Bienestar es un término que ha sido asociado al tener por tener, el deseo de un consumismo desaforado que en realidad busca satisfacer una necesidad de contención social e integridad espiritual que emana desde nuestro inconsciente y que, sin saberlo en la mayoría de los casos, nos aleja de la intención positiva de nuestro impulso primario. 

El desarrollo es un concepto que ha ido deshumanizándose y volviéndose un fin en si mismo, es decir, el desarrollo al servicio del desarrollo y la humanidad al servicio del desarrollo. Hoy nos hemos dado cuenta que algo está mal, que hay aspectos de este camino trazado que deben atesorarse por su utilidad práctica, y hay otros que deben trascenderse porque se han vuelto peligrosos para nosotros mismos. La necesidad de pavimentar este camino con nuevas cualidades, sin duda representa una crisis, nos impulsa a un esfuerzo adaptativo para el cual la respuesta de los menos flexibles es el temor.

Sin embargo, lo que en realidad tenemos es una fantástica oportunidad de unir desarrollo y bienestar en una hermosa conjunción superadora, donde desarrollo implique responsabilidad social y ambiental, y bienestar nos contemple mucho más allá de la necesidad de colmar nuestras necesidades básicas (consumo) y sensuales (consumismo), para ir hacia una forma de estar en el mundo donde el capital social sea nuestro principal insumo para desarrollarnos libremente de acuerdo a nuestros deseos y necesidades del alma.

Tremendo error sería hacer una lectura de este escenario a la luz de los viejos condicionamientos ideológicos, pues nos hemos empezado a mover en un paradigma diferente. Tremendo error sería abordar la solución de los desafíos que tenemos ante nosotros con los resentimientos pasados a cuestas, pues las viejas disputas no son más que un reflejo de una realidad que ya no existe. Lo que necesitamos es un consenso amplio y generoso que se haga fuerte en los principios comunes que laten en el corazón de cada mujer y hombre de bien: diálogo, libertad, comprensión, cuidado, generosisdad y apertura al cambio transformador.

Antes o después, la transformación es inevitable; es cuestión de supervivencia de la especie y sentido común de aquellos que queremos ejercer el derecho a ser felices. Cada uno decidirá cuando comenzar a andar hacia el nuevo amanecer.

Pablo de la Iglesia

jueves, 7 de abril de 2011

Felicidad Interior Bruta

Por Alberto D. Fraile Oliver 
Cada vez está más claro que los indicadores económicos no son suficientes para medir el bienestar de una sociedad. Sin embargo, los destinos de nuestra civilización y nuestras vidas están regidos por el Producto Interior Bruto (PIB). 
La salud de nuestra sociedad se mide por el número de coches matriculados, metros construidos, árboles talados, productos consumidos, teléfonos vendidos… pero obvian el estado de ánimo de las personas que viven en ella o la fortaleza de los ecosistemas que la acogen. Pese a que el PIB no es más que un anodino y, ciertamente, bruto, índice de crecimiento, nos lleva a todos con la lengua fuera. Trabajamos 50 horas por el PIB, pagamos hipotecas esclavizantes por el PIB, nuestros gobiernos recortan prestaciones sociales por el PIB, nos jubilaremos postmortem por el PIB.
Si producimos, consumimos, destruimos… como el dios del crecimiento manda, todo va bien. Pero si el PIB cae una décima, empiezan a asomar por el horizonte los jinetes del Apocalipsis: crisis, recesión, ajustes, recortes… Pero, ¿hay vida más allá del dichoso Producto Interior Bruto? ¿Hemos venido a este mundo a producir o a ser felices? ¿A realizarnos o a consumir?

Frente a esta realidad, cada vez más voces empiezan a pedir la creación de índices de medición alternativos, que en lugar de mirar a la producción pongan el foco en la felicidad de las personas. Porque  si algo se mide, existe y se puede gestionar.
Es un hecho que el PIB deshumaniza a la persona y la convierte en algo secundario, un engranaje más del sistema de producción-consumo-residuo.  Y de los ecosistemas y la destrucción de recursos, ni hablemos: cuanto más se destruye, más crece el PIB. Así que ser anti-ecológicos, según este modelo, es bueno para la economía.
Pese a que en nuestras sociedades el éxito social consiste en tener más coches, más televisores, más vestidos, más, más, más… empezamos a darnos cuenta de las carencias de un sistema que se desmorona.
Los daños colaterales ya son demasiado evidentes como para disimular: la contaminación, la destrucción del paisaje, la pérdida de biodiversidad, el endeudamiento, la insatisfacción, la pérdida de sentido… El índice que realmente mediría el funcionamiento de nuestro sistema económico es el de Destrucción Interior Bruta (DIB).
Es el momento de desbancar al PIB como brújula que señala nuestro norte. Una brújula que ya no funciona y que nos lleva al colapso, porque intenta hacernos creer que podemos crecer infinitamente en un planeta finito. Quizá toque medir y aumentar nuestra Felicidad Interior Bruta. Porque, como muchos intuimos, el verdadero desarrollo de una sociedad sucede cuando los avances en lo material y en lo espiritual se complementan.